El rugido de la madera al abrirse y el trapío a examen bajo la luna: ¿Aún no la conoces? Descubre por qué la noche valenciana acoge el desembarque más espectacular del planeta.
La Feria de Julio de Valencia guarda en sus entrañas un ritual nocturno que trasciende la mera logística taurina. Mientras que en la mayoría de las plazas del mundo el desembarque de las reses es un trámite diurno, burocrático y a puerta cerrada, el coso de la calle Játiva lo convierte en un espectáculo de masas. Hablamos de la desencajonada, una cita imprescindible que dota de una personalidad única a uno de los ciclos más antiguos de España.
Para entender la desencajonada valenciana hay que viajar en el tiempo hasta los orígenes de la propia Feria de Julio, nacida en 1871 como un revulsivo económico y festivo para la ciudad. En aquellos años, el transporte de los toros desde el campo bravo hasta la capital del Turia se realizaba a pie, mediante las tradicionales conducciones o «encierros», o bien en cajones de madera individuales que llegaban por ferrocarril.
El trasbordo de estos gigantescos cajones desde la estación hasta los corrales de la plaza requería pericia, fuerza física y, sobre todo, tiempo. Lo que comenzó siendo una labor puramente operativa concitó pronto la curiosidad de los aficionados locales, quienes se agolpaban en los aledaños para contemplar la fisionomía de los toros antes de la lidia. La empresa de la plaza, con vista comercial y sensibilidad popular, decidió abrir las puertas, encender las luces y cobrar una entrada simbólica: Había nacido un festejo autónomo.
La finalidad primordial de la desencajonada es doble. Por un lado, cumple una función técnica indispensable: permitir que los toros salgan de la opresión del cajón de transporte, se estiren, beban y se amolden a los corrales, evitando el estrés previo al sorteo. Por otro lado, cumple una función social y de transparencia única: es el examen público del trapío.
En Valencia, el aficionado es exigente con la presentación del toro. La desencajonada permite al público juzgar de primera mano las hechuras, las cornamentas y la seriedad de los encierros de las figuras y de los hierros toristas. Es, en esencia, el prólogo donde se miden las fuerzas y se calibran las expectativas de la feria.
¿Por qué la de Valencia es la desencajonada más famosa de España? La respuesta está en su atmósfera. El festejo se celebra al caer la noche, aliviando el riguroso calor del julio valenciano. Las gradas de la plaza se llenan hasta la bandera con miles de personas —familias enteras, peñistas, jóvenes y veteranos— en un ambiente que mezcla la expectación taurina con el carácter lúdico de las noches de verano mediterráneas.
El silencio sepulcral que inunda la plaza cuando el pesado cajón de madera se coloca en el centro del ruedo es estremecedor. Solo se escucha el golpeteo de las pezuñas en el interior de la madera. Al levantarse la trampilla, el estallido de júbilo o admiración del público saluda la salida del astado, que suele rematar con violencia en las tablas o arrancar una ovación unánime si su estampa es imponente.
Pero lo que verdaderamente distingue a la desencajonada de Valencia de los desembarques de otras plazas (como Salamanca, Azpeitia o Colmenar Viejo) son los detalles genuinos que han forjado su leyenda, por ejemplo:
A diferencia de otros lugares donde los cabestros esperan en los corrales, en Valencia la parada de bueyes arropa a cada toro en el propio ruedo para guiarlo hacia los chiqueros. Ver trabajar a los pastores valencianos y la compenetración de los mansos para aplacar la bravura del toro recién salido del cajón es una obra de arte en sí misma.
Cuenta la crónica sentimental de la plaza que, en los años 80, un imponente toro de Miura plantó cara a los cabestros en mitad del ruedo. Ignoró las llamadas, desafió a la parada entera y obligó a suspender temporalmente el acto mientras los pastores sudaban tinta bajo los focos para convencer al astado, ganándose una ovación tan grande como si hubiera tomado tres varas en el caballo de picar.
Al salir de los cajones, los toros a veces no reconocen a sus hermanos debido al estrés del viaje. En más de una ocasión, el ruedo de Valencia ha sido testigo de espectaculares peleas a pitón limpio entre astados de la misma ganadería, congelando el corazón de los ganaderos presentes en el palco y obligando a los mayorales a intervenir a contrarreloj para evitar una desgracia antes del día de la corrida.
La desencajonada de la Feria de Julio de Valencia no es un simple trámite; es el cordón umbilical que une la mística del campo bravo con el asfalto de la ciudad. Un espectáculo de luz, sonido y trapío que demuestra que, en Valencia, el toro es el rey absoluto de la fiesta desde el primer minuto en que pisa su tierra.
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